Digresión
¡Vaya digresión que desfigura el alma!, nos viene a importunar cuando en la nada saboreamos la espontánea, la verdadera silueta del divino. A tientas, desde el implante sorpresivo, anduvimos en la espesa; una vez ya antojados, el camino hacia el ocio se retuerce y nos pregunta: ¿cómo pudimos? ¿cómo supimos de la tierra y sus designios? Todo lo sabemos, pero nos cuesta abolir, nos engatusa el acordeón que al nervio adula. Un poco aquí, otro poco allá, nos retrasamos cuando podríamos avanzar interrogando a la incierta. La incierta o la difusa, la que se nutre de recónditas vísceras, y lleva un hambre infinita de atención y de estremecimientos de cielo que revientan y estallan en la cima.

